Durante muchos años sentí que había algo en mí que no estaba bien.
Esa sensación me llevó a una búsqueda intensa: terapias, métodos, caminos distintos. No para encontrar respuestas rápidas, sino para acercarme, poco a poco, a mi sentir.
Hoy puedo ver que esa búsqueda ya era una forma de escucha.
El camino fue tomando forma
He vivido en carne propia la frustración que a veces trae la terapia: la sensación de estar buscando siempre algo, el anhelo profundo de sentirme bien.
Con el tiempo, mi recorrido fue integrando el cuerpo como parte esencial del proceso. El movimiento, la percepción y la presencia fueron encontrando su lugar.
Desde mi propia experiencia y formación, sin promesas ni fórmulas mágicas.
Comprendí que no se trata de alcanzar un estado constante de paz, sino de desarrollar recursos para habitarme y sostener lo que siento, incluso cuando duele.
Me gusta imaginar este proceso como una cuerda llena de nudos: si tiramos con fuerza, se aprietan aún más; pero cuando aflojamos con paciencia y presencia, los nudos empiezan a soltarse.
De eso se trata: de aflojar, de escuchar, de habitar el cuerpo por completo, para vivir lo cotidiano con más presencia y cuidado.